Asesino social

por Daniel Alaniz

Y empezó. Curb your enthusiam va por el tercer episodio de la flamante temporada 8. Lo bueno de Larry David es que no sorprende sino que se confirma capítulo a capítulo. Es que no hace falta algo nuevo, sólo la seguridad de que no estamos solos en la interminable lucha contra el sentido común, y la tranquilidad de ver a nuestro capitán en su mejor forma.

Si Larry David le enseña a una girl scout de doce años a ponerse una toallita higiénica, sabemos que hay un humor para nosotros. No porque seamos unos degenerados, sino porque el humor de la incomodidad se nos hace cada vez más cómodo y lo podemos reconocer como una trinchera propia. Cuando un tipo le dice a Larry que lo admira por su capacidad para decir lo que se le canta en la situación que sea y le pide, a cambio de perdonarle una deuda, que le diga a su mujer lo que él, por dominado, no se anima (que deje de utilizar una expresión estúpida) y ella se da cuenta que Larry fue enviado y decide separarse, su amigo Jeff lo define a Larry como un asesino social. Y eso es lo mejor de David. Pero no por arruinar la vida de la gente, si no por sacar la máscara del buen comportamiento. David sufre con honor el estigma del chivo expiatorio por hacer lo que se le antoja, porque no es que lo hace con maldad, la maldad está en los otros que connotan negativamente lo que ellos quisieran hacer. Cuando David dice algo de los demás no lo hace necesariamente de manera peyorativa, sí quiénes lo reprimen dándole la connotación malintencionada automáticamente.

Igual hay que decir que algo sí cambió. Más allá del gancho de la vuelta a Nueva
York, que todavía no sucedió ni se insinuó, en el primer capítulo Larry y Cheryl se divorcian. Está tratado tan leve y rápido que no llega a causar una tristeza no buscada. Eso ya había pasado en la temporada 7, porque Cheryl fue siempre la que se bancaba todo, la mano derecha, el cariño, el ablande de Larry y un personaje que por sí mismo era simplemente copadísimo. Pero ahora ya no está y en Larry eso genera un cambio; se lo nota más despreocupado, más impune, con la libertad necesaria para moverse por el área rival, amenazante y relajado a la vez. Y para desplegar su costado galán. Porque en la historia de la televisión tendrían que quedar algunos pasajes del tercer episodio de esta temporada, Palestinian Chicken. Después de descubrir “el mejor pollo del mundo” en un restaurant palestino, Larry ve a una clienta frecuente del restaurant que le gusta y le dice a Jeff “Siempre nos gustan las personas que no nos quieren. Bueno, ésta no sólo no me quiere sino que ni siquiera cree que tengo el derecho a existir y me quiere ver muerto. Eso sí que es exitante”. Larry es judío, claro, y se gana el amor de la antisemita sacándole la kippa a la fuerza a un amigo frente a la vista de los concurrentes del restaurant. Unos minutos después se escucha “Te voy a quitar todo lo judío de adentro, te voy a coger como ustedes nos cogieron a nosotros. Judío de mierda, invadime como ustedes hacen con todos nosotros”.

En fin, que Curb your enthusiasm es tan bueno como el sexo hablado con violencia. Y adictivo, como las cosas más ricas de la vida, esas que dan ganas de compartir. Larry David nos hace sentir desde hace muchos años, desde Seinfeld, que en este mundo que a veces no podemos evitar caer en el error de odiar, tiene gente con la cuál poder compartir, al menos a través de la onda expansiva del humor tira bombas.

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