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Por Daniel alaniz 
Se acaba de editar Crímenes de película, el cierre de la trilogía del gánster homosexual y psicópata Harry Starks y una radiografía negra de la Inglaterra podrida ¿Quién es su autor, Jake Arnott?
Fue por abundancia de tiempo que Jake Arnott llegó a convertirse en escritor. Pero no por el aburrimiento que dicen que trae el exceso de dinero, sino por todo lo contrario. Hacía bastante que el inglés no encontraba trabajo, lo que le permitió sentarse a escribir. De haberse dado cuenta antes que no hay nada peor pago que el trabajo, Arnott tal vez podría haber conocido el éxito más joven pero también se hubiera ahorrado un currículum de lo más variopinto. Sin todavía haber llegado a la Pink List (lista que reúne a las celebridades gays británicas más importantes), Arnott fue intérprete y traductor del lenguaje de signos, actor de reparto (fue una de las momias en la película La Momia), miembro de un grupo de ocupas y hasta seguridad de una morgue; tal vez haya sido éste trabajo el que le dio la oscuridad suficiente para convertirlo en el último y el primer gran héroe de la novela negra, como la radiactividad lo pintó de verde a Hulk. “La novela negra no existe en Inglaterra” dice Arnott con razón. El policial inglés, el de Agatha Christie o Arthur Conan Doyle, buscó siempre la luz. Fascinado por la intriga y los obstáculos a sortear para resolver un crimen, lo que le interesa al lector de ese tipo de novelas es cómo se soluciona un conflicto, una anomalía, que alteró el orden, un orden que no se puede romper. La conclusión es siempre el premio de la resolución, la vuelta a la normalidad, a la puntualidad británica. Por el contrario, lo que se conoce como policial negro o novela negra, niega rotundamente el orden y la normalidad. Nada es como debe ser, nada va como tiene que ir. Todo lo preestablecido se altera: los personajes tienen algo que esconder o de qué arrepentirse siempre, las instituciones fallan, el poder deviene en abuso, el dinero marca las relaciones y la policía, la justicia y el delito son difíciles de discernir entre sí. La normalidad no existe. Desde las obras de Dashiel Hammet al extremo de Jim Thompson, todo se ve difuso en la novela negra, a través del humo del tabaco que fuman los quebrados detectives, todo se mueve por el mareo que provoca el alcohol en el que se hunden todos sus personajes ya hundidos de antes. En EEUU el nacimiento de la novela negra es en la década del veinte, lo siguiente fue la Gran Depresión del 30. No hay solución posible ni camino hacia la luz, la novela negra claramente no existía en Inglaterra. Hasta Jake Arnott. El éxito repentino le llegó al escritor con Delitos a largo plazo, la primera parte de la trilogía de Harry Starks; un personaje fascinante, contradictorio, que exhibe de una manera perversa el lado b del espíritu victoriano. Detrás de la caballerosidad se encuentra una bestia feroz, un gánster homosexual, un torturador y un hombre sediento de poder. Pero Arnott prefiere comparar su ópera prima con una novela histórica. Es que Delitos a largo plazo transcurre en la Londres de los sesenta, lo que se llamó el Swinging London, cuando todo se pintaba de colores, de paz y amor. Arnott lo pinta de negro y prefiere hablar de deconstrucción en lugar de reconstrucción, porque en lugar de hablar de aquellos años felices prefiere mostrar las entrañas del submundo londinense. Y así atravesó distintos momentos paradigmáticos en los que Harry Starks era siempre el que estaba en medio de la escena, desde las sombras; los años pasan, pero la oscuridad no. La segunda parte, Canciones de sangre, también en los sesenta, cuenta la historia de tres asesinatos de policías y despliega otra vez un universo de personajes riquísimo. El éxito fue enorme, tanto de crítica como de público. Hasta una serie se hizo producida por la BBC llamada The Long Firm y tiene fans incondicionales como David Bowie que lo considera un ídolo absoluto. Hoy ya podemos en nuestro país completar la colección con Crímenes de película, la excusa perfecta para escribir sobre un escritor filoso, pero de verdad, no como dicen los intelectuales “filoso” o “agudo”. Sus libros cortan, hieren y despiertan en el lector una adicción masoquista, un pedido de que la fiesta nunca termine. Y eso es lo que quiere también Crímenes de película, con su telón de fondo ya en los noventa, con las pastillas de éxtasis y las raves. Y con Harry, el más sucio de todos, como punto de encuentro para salir a bailar. Editado por Mondadori a través de la serie Roja y Negra.
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