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Por Mariano Torres

Ustedes saben: vuelve El Rey León. Y en 3D. Pero ya estaremos con eso. Mientras tanto, algunos redactores quisieron escribir sobre Disney. Lo que sea. Acá la primera de las notas. Por Mariano Torres. El Rey de la Selva anuncia la noticia: ha nacido el sucesor de su trono. La jungla festeja, sin importar especies ni razas (¿clases sociales?), y con rugidos, chirridos y graznidos, todos celebran los días felices de la monarquía. Todos, menos un pariente resentido, el tío del recién nacido, que clava su vista en el futuro de su hermano y próximo heredero, mientras que de reojo lo acribilla con la mirada, y traza un siniestro plan que pronto toma forma en una escena trágica tan emblemática como aquella de la muerte de cierto ciervito encantador (del cual ya hablaremos más tarde). Se hace presente un elemento 100% Disney: la muerte. La audiencia infantil tiene su primer acercamiento, así, a dicho inevitable desenlace de la vida. Pero también hablaremos de eso posteriormente en este mismo texto. El pequeño heredero del trono queda huérfano, y engañado por el malvado tío huye hacia la parte más remota de la selva. Allí se encuentra con el fantasma del padre (y otros dos personajes que funcionan hábilmente como “comic relief”), quien le insta a retomar el trono y proclamarse el auténtico Rey de la Selva. No. No estamos hablando de Hamlet, o al menos no explícitamente, ya que no hay crédito en los títulos que así lo indique. Sin embargo, la creación de Shakespeare efectivamente dice “presente”, y la factoría Disney no se preocupa en disimularlo demasiado: hasta en un guiño cómplice presenta al malvado antagonista “monologando” mientras sostiene una calavera de un animal en su mano. De un plumazo, los autores introducen un clásico de la literatura en la fértil imaginación de los más pequeños. Pero no es ésta la primera vez que lo hacen. La historia de Disney y la literatura se remonta a los comienzos del cine de animación, cuando ya el empresario homónimo decide que su primera adaptación será una obra de los hermanos Grimm. Blancanieves y los siete enanitos resplandece, así, en la pantalla grande, y los enormes elogios no tardan en llegar a los estudios creadores del ratón más conocido del mundo. El año es 1937, y el hombre detrás del ambicioso proyecto proclama haber realizado el primer largometraje de dibujos animados de la historia (no confundir simplemente con el término “animación”). El dato es erróneo, ya que el mismo irónicamente le pertenece a un orgullo nacional, Quirino Cristiani, que se queda con ese título gracias a su El Apostol de 1917, pero el éxito de Blancanieves es tan grande que, ¿quién va a discutirlo? La siguiente apuesta del magnate semi-pionero de este arte vuelve a rayar en la literatura: Pinocho, de Carlo Collodi, adapta la melancólica historia del niño de madera creado por un artesano solitario que un buen día cobra vida gracias al toque de varita mágica de una dulce hada. La muerte no aparece en esta obra (sí en la anterior mencionada, Blancanieves, representada por una manzana), pero sí la idea de un castigo muy similar al infierno: los niños tontos, mentirosos y brutos se convierten en lo que representan: burros. Las orejas crecen, las manos echan pezuñas, las patas traseras golpean violentamente, y la escena para adelantarse a la transformación de hombre-lobo creada por Rick Baker más de 50 años después para el Hombre Lobo Americano en Londres de John Landis. Y, de algún modo, el mensaje se adelanta a la moraleja simplificada de Forrest Gump: “tonto es el que tonto hace”. Pinocho resulta un increíble éxito, y dispara a los estudios Disney a las ligas mayores, demostrando que la animación no es un género, sino cine en estado puro y con todas las letras. Los futuros éxitos reafirman la fórmula literatura+dibujo: la primer era dorada de la factoría trae consigo a Alicia en el País de las Maravillas (Louis Carroll), Bambi (Felix Salten), La Cenicienta y La Bella Durmiente (Perrault), Dumbo (Helen Aberson), Peter Pan (J.M. Barrie), El Libro de la Selva (Rudyard Kipling), y varias décadas después, la segunda época de oro de Disney repite el mismo éxito adaptando La Sirenita (Andersen), Aladino (que parte del cuento homónimo presente en Las Mil y una Noches), la ya mencionada El Rey León (Shakespeare), El Jorobado de Notre Dame (Victor Hugo) y más recientemente, La Princesa y el Sapo (E.D.Barker) que marcó, además, el retorno a la animación tradicional (con alguna ayuda digital, claro) luego de años de sequía, habiendo cedido el lápiz ante el render tridimensional. Reaparece, además del formato, la idea de la muerte: el “hechicero” mefistofélico despliega un culto pagano al más allá en bellísimas imágenes coloridas que no sólo hablan del otro lado de la vida, sino que hasta lo celebran. Por fortuna -o por desgracia para ellos-, los psicólogos/as han dejado de recibir pacientes infantes por culpa de la pobre mamá de Bambi. El viejo Walt descansa en paz en su tumba (no, no es así, y ya es hora de asumir que lo de la “criogenización” fue un gran chiste), mientras que un film que nunca llegó a ver, pero seguro hubiese adorado, vuelve a la pantalla grande renovado en tres dimensiones. Quizás sea hora de que los niños de hoy, acostumbrados a los delirios pop de Las Chicas Superpoderosas y los dibujos vectoriales de los Padrinos Mágicos tengan su primer acercamiento a la pérdida de un ser querido. A la salida del cine, con algo de suerte, la radio del taxi o auto que los devuelva a su hogar estará sintonizando un hello darkness, my old friend... del sonido del silencio de Simon&Garfunkel, o quizás eso sea ya pedir demasiado...
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