FF: film & fashion

La marca de ropa Miu Miu convocó a diferentes directoras bajo el concepto “The Miu Miu Woman’s Tales”, para que cada una desarrollase un corto en el que la mujer y la ropa fuesen el centro. Dos miradas opuestas, dos mujeres opuestas. Una es la hija de John Cassavetes, la otra es la salteña Lucrecia Martel. por Victoria Ceccotti.

 

 

The Powder Roomcomienza con letras cursivas, de esas que tienen muchos firuletes y vueltas, y que recuerdan a las clases de caligrafía, a las cartas secretas de los amantes, a la feminidad exacerbada y contenida dentro de la forma estricta de esas letras. Avisan que es una producción de Miu Miu, el nombre del corto y la directora. Luego se empieza a escuchar una melosa música y se ve el lobby de una habitación lujosa, hay un biombo calado con formas redondeadas, un tul encima, unas flores blancas y una mujer vestida con uniforme de mucama. A ese espacio cargado y lleno de espejos llegarán mujeres, la primera será la única que nunca se vaya, es glamorosa, colorada, delgada. Tiene todos los rasgos típicos de la seducción: se lleva a la boca algo y juega con sus labios rojos, rozándolos; baja la mirada hacia el costado conquistando a alguien inexistente; extiende sus finos dedos sobre el vidrio de una mesa amenazando con tocarlo; sus movimientos son los de un ciervo que observa todo a su alrededor. Ya descalza se recuesta sobre un diván, entorna sus ojos, y cae en un ensueño brumoso en donde desfilan otras mujeres elegantes, esbeltas, hermosas, coquetas. Quizás sea una proyección especular, quién quiere ser, pero la durmiente no tiene nada que envidiar a sus reflejos; quizás sea el deseo de seducir a una amiga, de salir a divertirse, de volver a ser alegre. Zapatos, carteras, vestidos, perfumes, maquillaje profundo. Todo lo que supuestamente las chicas chick quieren, como parte de un sueño que es exacto a la realidad.


 

 

El corto de Lucrecia Martel no podría ser más opuesto. También hay letras, pero son de molde y dicen “Miu Miu presenta”, hay agua, hojas o pétalos amarillentos meciéndose, el título se sobreimprime en letras mayúsculas de imprenta, “MUTA by Lucrecia Martel”. Un barco abandonado que parece más una base oxidada que una embarcación. Hay silencio, sólo se escuchan chicharras o esa clase de insectos que recuerdan lo grande y solitario que es el mundo. Por dentro, el barco es de madera, las ventanas verticalmente ovaladas dejan pasar el sol de la tarde, se escucha el sonido del aire y nada más. De una puerta que parece la de “Alicia en el país de las maravillas” y está en sombras, sólo se ve salir una pierna larga con movimientos torpes y acelerados que se acompasan con lentitud, el choque del taco con la madera del suelo es estremecedor y retumba en la soledad del barco. Una chica eterna, larga, altísima, sale de esa puerta mínima arrastrándose, cortadamente. Algo en ella no es normal. Ni en ella ni en el resto de las otras mujeres que salen de ahí y a las que tampoco podemos verles el rostro. Sólo partes. Uñas pintadas, anteojos de sol, pestañas que son como mariposas nerviosas que revolotean por ahí, cuellos, piernas. El barco está en penumbras, estas mujeres empiezan a vagar por los espacios vacíos, hay explosiones de rabia espontánea en las que se arranca de la pared el mapa que indica en dónde se está, no son necesarias las explicaciones, no se quiere saber por qué o cómo, sólo se quiere ver, tocar, sentir la textura de esas extrañas mujeres. Hay una especie de fumigadora que confunde su accionar con el de la limpieza de anteojos. La lluvia escupida por el artefacto es pulverizada, el agua calma que rodea al barco por fuera, adentro se transforma en un juego hipnótico entre dos chicas. La sensualidad está ahí, en la duración de las gotas que caen hasta al suelo y se evaporan antes por el sonido de una alarma. Un intruso, su cartera, una trampa en el barco, comunicaciones ininteligibles, tragos viscosos y la música que finalmente aparece, tétrica, temible, adorable. Si bien el glamour está presente, la femineidad quizás no sea el centro: lo representa a las mujeres es su misterio. Es ese deseo de verlas, de descubrirlas, de estar junto a ellas sin comprender sus movimientos anómalos, de intentar desvestirlas y que no se transformen en mariposas.

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