Hasta ésta, todas las películas de Zack Snyder se basaban en obras preexistentes. El amanecer de los muertos era una remake del cásico de George Romero pasada por un filtro clipero y una inyección de adrenalina que parecía contagiarse al espectador a través de esos zombies mucho más “vivos” que los originales; 300 adaptaba, de manera bastante ridícula, un cómic de Frank Miller (so hot right now, en la era de las transposiciones de historietas) y Watchmen, también fue un intento de llevar al cine un clásico ochentero del arte secuencial. Sin embargo, que Sucker Punch esté escrita por el propio Zack Snyder no cambia el espíritu revisionista del director. Por el contrario, lo afirma.
Una joven señorita (Emily Browning) es llevada a un manicomio (o a un cabaret-prisión de mujeres de la trata de blancas, ya veremos) y tiene que escapar con sus nuevas compañeras consiguiendo distintos objetos cual videojuego clásico. La distracción siempre es la danza de esta joven señorita, ahora llamada Baby Doll. Cuando ella baila, Znyder utiliza el recurso de llevarla a una escena alejada de la aparente (estamos hablando de cine, che) realidad que funciona como pantalla nueva (estamos hablando de fichines, che), con sus monstruos a derrocar, con el premio a ganar. La primera escena-nivel está musicalizada con Army of Me, una canción de Bjork que, aunque levemente remixada, se nota cantada por su autora y la versión (o lo que se llega a escuchar de ella en la película) es fácilmente confundible con la original. Snyder musicaliza su película original con una canción original (hablando de autoría y no de banda sonora). Hasta ahí lo llamado, de una manera rara, original. Es que depués, todas las escenas estarán musicalizadas por covers. Search and Destroy de The Stooges está interpretada por Skunk Anansie y Tomorrow Never Knows de The Beatles, por Alison Mosshart y Carla Azar, por decir algunos ejemplos. Entonces, canciones de autores originales más covers para banda sonora original de canciones ya creadas hace mucho. Así estamos, todo se mezcla.
Ya sabemos que Sucker Punch es una película melómana y ¿fichinófila? pero también cinéfila. Porque si el entremado narrativo se da con la lógica gráfica de la superación de niveles, cada escena-nivel es también un referente del cine de aventuras. Ahí están los nazis, los zombies, los castillos y los dragones, los trenes y la ciencia ficción robótica. Pero, a diferencia de Tarantino y compañía, o de Watchmen, donde se usaba la música para darle respetabilidad (¿A quién se le ocurre hacer una película solemne con un tipo azul que camina en pelotas durante más de dos horas?) no hay nostalgia en las referencias, porque son genéricas, no específicas, y porque son sólo piezas que conforman un mundo nuevo, donde lo viejo está en función de renovar la aventura en un presente único. Si en el mapa ya se conocen todas las canciones, no hay nada mejor que un random deformador para elegir la propia aventura.
Por eso no debería sorprender ningún final sorpresa. O mejor, tendría que seguir sorprendiendo siempre, ya que la arbitrariedad se justifica pocas veces tan bien como en esta película. Y es que ni siquiera hay final. Ya Scott Glem le avisa a "sobre quién es en verdad la historia" (otra mentirita inteligente de la película) que queda un largo viaje por recorrer, y los créditos finales nos dicen que Sucker Punch, también puede ser un musical, otro género del cine en el que lo que importa es el viaje. Como en Super Mario World, siempre hay un nivel más, alguna pantalla oculta. Sólo hay que ponerle una ficha (insertar un coin) y continuar.
Sucker Punch: Mundo surreal (Sucker Punch, Estados Unidos-Canadá/2011). Dirección: Zack Snyder. Guión: Zack Snyder y Steve Shibuya. Con Emily Browning, Abbie Cornish, Jena Malone, Vanesa Hudgens, Jamie Chung, Carla Gugino, Oscar Issac, Scott Glenn, Gerard Plunkett, Malcolm Scott, Jon Hamm. Fotografía: Larry Fong. Música: Tyler Bates y Marius de Vries. Edición: William Hoy. Producción: Rick Carter. Sonido: Rick Hromadka. Distribuidora: Warner Bros. Duración: 109 minutos.