Pilgrim como cine de crecimiento

por Martín Fernández Cruz

0_ No voy a remarcar lo que subrayaron otros textos, por lo cuál no interesa una vez más repetir que el gran mérito de Scott Pilgrim es su armoniosa mezcla de distintos aspectos de nuestra cultura actual (una empanada gigante compuesta por carne molida, video-juegos 8 bit, música al palo y mil millones de referencias al universo comiquero), insertada a los golpes dentro de un triángulo amoroso adolescente, con mucho menos de Breakfast Club que del Double Dragon. Por esto, resulta más interesante echar un poco de luz sobre la figura de Edgar Wright, el director de la película. Quizás el primer mérito del joven realizador sea, con solamente 3 películas, la creación de un universo propio tan reconocible, en el que Scott Pilgrim representa tanto un cierre como así también el comienzo de una nueva etapa.

Cierre: más de family que de familia, es imposible obviar en la composición artística de Wrigth a dos miembros vitales de su núcleo como cineasta: Simon Pegg y Nick Frost. El trío, junto con la colaboración de Jessica Stevenson, dieron a luz en el 2000 a Spaced, una serie televisiva de 14 capítulos sobre un grupo de amigos que eran la corporización más precisa de la abulia treintañera. Indecisos, con grandes incógnitas vocacionales y con ganas de algo pero sin saber de qué; así era vida de estos protagonistas. Pero el encanto de la serie radicaba en la tonelada de citas pop a las que hacía referencia, que podían ir desde lo formal -un capítulo basado en Resident Evil- hasta desde el contenido –Buffy es Dios-. Spaced era una catarata imposible de detener, celebradísima principalmente por nosotros, los compañeros generacionales de esos conflictuados protagonistas. Luego de la serie, Wright y Pegg escribieron Shaun of the Dead y Hot Fuzz. Aunque este binomio se merece un análisis pormenorizado, basta decir que se trata de dos homenajes (¿en vida?) al cine de zombies y al policíal (más precisamente a las buddie-movies). Y lo más importante es que ambas películas tienen la capacidad de utilizar el género como marco de disparo, y no como contención. Para Wright, atarse a un tipo de cine no implica pedirle ayuda cuando la trama se estanca, sino todo lo contrario: porque el realizador utiliza las convenciones del género para retorcerlas y acercarlas a su tipo de cine. En Shaun of the Dead los traumas generacionales son hijos directos de Spaced, y eso habla a las claras de la necesidad de circunscribirse a un género para homenajearlo y reversionarlo a piaccere. Hot Fuzz, con un Pegg resuelto, adulto y más profesional que nadie, implica un propio crecimiento en la figura de Wrigth como realizador, capaz de llevar adelante un film de mayor presupuesto sin ningún tipo de vacilación. El actor  -Pegg- representa la cara visible del director y el final del policial también significa el comienzo del cierre de una etapa, en el que el realizador está ansioso de deshacerse de los géneros tradicionales para picar y moler la cultura actual, que toma de la vida real elementos provenientes de cualquier medio audiovisual. En este punto, Wright comprendió que el cine ya no es más un medio autosuficiente.

Apertura: Así llegó Scott Pilgrim. Originalmente, este comic canadiense (de fuertísimas influencias niponas) se convirtió en un proyecto cinematográfico ideal para Wright. Ya en el comic eran pieza central de la narración las referencias a los video-juegos y a la música (entre otras tantas). Esta materia prima le vino al realizador como anillo al dedo no sólo para hacer un pasaje armonioso de su estilo de cine hacia uno más salvaje, sino también para probarse dentro de otro traje, con otros actores y otros mundos. Al revés que muchos directores, el crecimiento de Wright se pone a prueba cuando debe trabajar con material prefabricado, como lo es el comic original. Shaun of the Dead y el resto de su obra eran ideas originales, deudoras de nadie más que de su imaginario, pero Pilgrim pedía respeto por el molde. Y Edgard realizó lo que a priori podría ser imposible: respetó el material original, lo hico crecer y le dio incluso su toque personal. Supo cómo plasmar en pantalla las mil formas del comic, todos sus recursos narrativos y la enorme variedad de situaciones que plantea la obra original. El desafío de Wright fue entonces superado, y sumergir su mundo en el de Scott Pilgrim logró importantes resultados para su cine. Un poco como Jackson realizara con Tolkien, el director inglés también entendió la escencia del comic y reelaboró sus virtudes en el paso hacia la pantalla. El film no es un resumen de la historieta, sino más bien una relectura poderosa teñida por las obsesiones de su director. Scott Pilgrim vs. The World representa un nuevo ciclo dentro de su filmografía, y ahora con más seguridad, Edgard visitará otros mundos a los que engrandecerá mediante su mirada.

 


Scott Pilgrim vs. the World.  Dirigida por: Edgar  Wright. Con: Michael Cera, Mary Elizabeth Winstead y Jason Schartzmann. Editora: Universal.

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