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por Natalia Cortesi

En The Runaways, película de ficción sobre la banda norteamericana (real) del mismo nombre, basada en el libro de una de sus integrantes, hay una decisión inteligente; contraponer, en los papeles de Joan Jett y Cherie Currie, a Kristen Stewart y Dakota Fanning. Las primeras: dos mocosas impertinentes que (junto con Sandy West, Lita Ford y Jackie Fox) en 1976 sacudieron el mundo y seguramente, calentaron a varios, a puro maquillaje, botas con plataforma y un grito de guerra desquiciado: “Ch-Ch-Ch-Ch-Ch-Ch-Cherry Bomb!” Las segundas: la eterna adolescente atormentada, cara-de-hastío y carne de vampiro de Adventureland, Into the Wild y la saga Crepúsculo; y la niña prodigio, ojos de cervatillo de Mi nombre es Sam y Guerra de los Mundos. Bueno, hay que decir que las niñas han crecido y aquí lo demuestran con creces.
Hay una escena al principio que es análoga en cierta medida a aquella de Whip it en la que Bliss, tras la irrupción iluminadora de las chicas en patines, toma una decisión autónoma de los criterios maternos y se compra esos borcegos en el mercado de pulgas, abriendo la puerta al descubrimiento de todo un mundo que vendrá después. Aquí, Joan Jett entra en un mercado similar y mira los percheros sin mucho entusiasmo, con gesto desganado. La mujer que atiende el lugar, interrumpe su charla con un chico acodado en el mostrador para preguntarle si sólo va a dar vueltas o va a comprar algo esta vez. Joan la mira como sólo los ojos de Kristen Stewart pueden hacerlo, y saca una bolsa de supermercado. Vacía su contenido sobre el mostrador; son montones y montones de monedas. “Quiero lo que él está usando”, le espeta. Joan se va con su nueva campera de cuero con tachas alla Ramones y nosotros sabemos que ese gesto de pendeja desubicada marca el comienzo de algo.
También es una marca y un comienzo la línea roja que Cherie traza en su propia cara para imitar el maquillaje de David Bowie/Ziggy Stardust y, a continuación, salir al escenario de su escuela trepada a unas plataformas doradas imposibles y cantarLady Grinning Soul en el concurso de talentos, frente a un auditorio lleno de alumnos y docentes incrédulos. La osadía termina con todos ellos arrojando cosas a Cherie, que impávida y triunfante sin triunfo les muestra, esplendorosos, su dos dedos mayores. De ahí a calzarse portaligas y un corsé para cantar en un show durante la gira por Japón a la edad en que otras chicas sueñan con la fiesta de 15 o los dulces 16, hay un paso.
No es casual la mención de tantos gestos; es que The Runaways, la película, deja la sensación de ser eso, una colección de gestos. Adorables la mayoría, rebeldes todos, lamentablemente ya fagocitados y estereotipados por el cine cuando representa al rock. Por suerte, hay en las actuaciones de Stewart y Fanning, en su interacción e incluso en sus mohínes ya conocidos, chispazos de una vitalidad insolente que la historia de esta banda pedía a gritos, pero que en el repetitivo esquema de ascenso-caída y coming of age que suele utilizar para narrar este tipo de historias, al cine mainstream le cuesta explotar. Queens of noise es el título de uno de los discos y de uno de los temas más conocidos de The Runaways; la película las retrata como reinas, pero se queda casi siempre en la superficie del ruido.
Esto no quita que, apenas empiezan a correr los créditos, deseemos tener 15 años de nuevo, robarle los tacos a mamá, el vodka a papá, conseguir una guitarra y salir a la calle, pero esta vez para hacer todo distinto.
The Runaways (EEUU/2010). Guión y dirección: Floria Sigismondi. Con Kristen Stewart, Dakota Fanning, Stella Maeve, Scout Taylor-Compton, Alia Shawkat, Riley Keough, Johnny Lewis, Tatum O’Neal, Brett Cullen. Distribuidora: Diamond Films. Duración: 106 minutos. Editora: SBP
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