(A los hombres de mi vida: ahora entiendo por qué nunca funcionamos. Soy un nene. No soy un hombre, soy un nene de 8 años que disfruta demasiado de mirar películas de superhéroes y que las cosas exploten por el aire.)
Capitán Américatiene un extraño valor: a pesar de caer en todas las situaciones que ya se vieron, en las frases y peleas que se saben de memoria, sorprende como si fuese la primera vez y encima se hace cargo de de dónde provienen los mitos en EE.UU. Y hay que tener coraje para ser un rejunte de cosas, admitir la sed por el espectáculo y salir con la frente en alto (o al menos con el pecho hinchado).
La historia es la de siempre o la de “últimamente”: un grupo de nazis (o soviéticos o “malos” a secas) se hace de algún tipo de material/arma novedoso y anómalo que podría inclinar cualquier conflicto bélico a su favor. Los EE.UU. -que nunca andan somnolientos- se dan cuenta de esta posible ventaja y sacan de alguna manga bien amplia un as escondido: un demonio arrepentido en el caso de Hellboy, el orgullo de la mutación en X-Men: First Class, la mejora de un experimento y “correctos valores” en Capitán América. De un flacucho lleno de valentía y buen corazón sale el todo músculo superhéroe. Habrá que enfrentar la muerte del padre putativo y la primera hazaña que incluye algunos sanos corrimientos (el malo asesina en cuadro y sin miramientos a una viejita, o que al tirar a un nene al agua éste diga que no hace falta que lo rescaten porque sabe nadar -¡la prescindencia del héroe!-), pero lo inusual en esta película es cómo el héroe se establece como tal. Al ser descubierto por la prensa y parte del poder político, el nuevo musculoso tiene como misión golpear a Hitler… en un teatro. No lo llevan al campo de batalla, lo suben a escenarios con banda musical y bailarinas de pequeño uniforme tricolor (azul y rojo con estrellas blancas) para pedir a los espectadores que compren bonos para financiar la guerra. Panfletos, notas en los diarios. Películas y propagandas en el cine. La gesta de la figura icónica se da bajo la luz de los flashes, de las cámaras de cine y de las de fotos. Es el público el que otorga el status de héroe a un fornido joven que sabe sonreír y juntar plata, pero será él quien tenga que tomar la decisión de dejar las pantymedias y agarrar las armas. Para eso deberá tener otro traje menos llamativo (aunque no tanto). El escudo es algo que la película ya se encargó de subrayar cuantas veces pudo (la tapa de un tacho de basura, la puerta de un taxi que tiene una estrella en el medio, la utilería del show que usa para esconder machetes), y el definitivo, hecho de un metal raro –“adamantium” también parte de X-Men- es parte y refleja la personalidad del héroe: resiste los golpes, se cae, lo tumban, pero nunca escapa, nunca corre, ese escudo está ahí para que pueda mantenerse pese a todo, es el héroe estoico. Y la tela usada para su traje, de lejos no lo parece, pero es jean, tela que se asocia de inmediato con lo “americano”, con el trabajo, con “los que vienen de abajo”. Capitán América es un laburante, un perseverante, un testarudo. Y Capitán América se toma algún laburo, persevera en los tópicos y es testarudamente divertida.
Capitán América: El primer vengador (Captain America: The First Avenger, Estados Unidos/2011). Dirección: Joe Johnston. Con Chris Evans, Hayley Atwell, Hugo Weaving, Dominic Cooper, Tommy Lee Jones, Stanley Tucci, Toby Jones y Samuel L. Jackson. Guión: Christopher Markus y Stephen McFeely, basado en la historieta de Joe Simon y Jack Kirby. Fotografía: Shelly Johnson. Música: Alan Silvestri. Edición: Robert Dalva y Jeffrey Ford. Diseño de producción: Rick Heinrichs. Distribuidora: UIP. Duración: 125 minutos.