Desde lejos se ve un edificio grande, con parque, de esos que frente a sus puertas tienen un camino circular para que el movimiento de los autos sea fluido, pero en esa semicircularidad la gente pasa y no se establece, sólo se detiene un segundo, abandona algo y sigue camino. Una cámara baja y lateral muestra el cartel que indica que es un hospital psiquiátrico.
Dentro del edificio, se suceden espacios vacíos. Hay luces, hay radiografías de manos, hay instrumentos quirúrgicos pero no hay nadie habitando esos espacios, no hay nada que se mueva en ellos. La cámara se desliza y avanza por pasillos que relucen después de relámpagos, el camino será deshecho una y otra vez pero este avance ya no podrá hacerse, siempre se retrocederá, como si una fuerza rechazase a todo visitante. En el medio de la noche, se escuchan pasos irregulares que parecen saber a dónde van. Los barrotes en puertas y ventanas hacen que las porciones de luz se aíslen, que el espacio se fracture. En los títulos se muestran grabados, dibujos y fotos de diferentes épocas en las que se ven imágenes de medicina-tortura, métodos que intentaban intervenir en la psiquis de los hombres para ayudarlos, pero terminaban siendo demasiado invasivos. Esas imágenes están inscriptas o proyectadas sobre vidrios que de repente estallan en pedazos sobre un fondo profundamente negro. El vértice de quiebre por lo general afecta de manera más contundente la zona de la cabeza de esas personas o de sus manos (generalmente atadas): desde esos puntos todo lo que sostenía la imagen se separa, se abre, se deforma y deja paso a la nada. Es en esas fracturas, en esos espacios vacíos, en lo que imaginamos deshabitado que el verdadero terror se hace presente. Llenamos esas faltas con presuposiciones, con personas, con objetos. La posibilidad del vacío, de la no-existencia nos asusta tanto que intentamos que en todo haya algo vital, quizás sea también nuestro miedo a enfrentarnos solos a los objetos, ellos y nosotros, sin nadie que colabore en corroborar nuestra percepción objetiva. Y de rellenar espacios y personas es que trata The Ward.
Una chica corre entre árboles. No es un bosque muy tupido, parece seco, deja pasar pedazos enteros de sol. Corre en un camisón blanco, hasta las rodillas, su cuerpo no es pálido, pero sí luminoso, y su pelo rubio con algo que parecen dejos de rastas le dan un aspecto exótico y carnalmente fantasmal. La cámara la atrapa en el marco de una ventana con cortinas blancas, ella sigue pisando ese pasto seco, y se la ve desde dentro de la casa. Nerviosa, prende un montón de fósforos y enciende las cortinas. Pareciera que es parte del paisaje, que su pelo rubio es como ese pasto pajoso que la rodea, que su cuerpo fino y delgado puede llegar a ser el tronco de algún descolorido árbol. Pero el fuego que prende y la rodea sin tocarla, amenazaría con consumirla si no fuese porque su rostro tiene la potencia de quien controla hasta las llamas, su dureza es tal que ni el fuego podría quemarla a menos que ella lo exigiese. Ese fuego es ella, ardiendo, abrasando todo a su alrededor, bailoteando sin alegría. Su entumecimiento, su compenetración con esas llama(da)s, resultan en su reclusión en el hospital psiquiátrico del comienzo, en donde se desarrollará toda la película.
La fortaleza que sospechábamos en Kristen (así se llama la rubia en camisón) se confirma al escuchar y verla hablar. Aprieta los dientes, casi no abre la boca, las palabras se le escapan pese a todos los obstáculos. Rodeada de una perversa amabilidad (siempre los enfermeros/as de los psiquiátricos dan miedo) y de otras 4 extremas chicas, Kristen no intenta tanto descubrir por qué incendió esa casa, sino quién se pasea por los pasillos durante la noche. Sus compañeras se definen claramente (la aniñada, la artista, la vanidosa y la que no le teme a la locura) y quizás “la nueva adquisición” ocupe el lugar de la aventurera, la guerrera, la que no evita los choques. Con personalidades tan opuestas, los enfrentamientos y la competencia por ver “quién se cura antes” son constantes, pero hay un momento en el que la calma gana terreno, ponen un disco, se relajan y todas bailan. A su modo se liberan, unas saltan, otras dan vueltas, otras se contonean. Cada una en su propia libertad consigue un espacio compartido, en ese instante y en ese trance, todas son una sola. Pero de repente, una breve aparición se hace presente. Un corte de luz, relámpagos, truenos y la hipnosis del baile se acaba. La vuelta a la realidad es abrupta y la amenaza presentida pareciera tangible. Más adelante, y en medio de un guiño depalmiano en el que la cámara recorre una y otra vez una serie de duchas mientras cada una de las chicas se baña, el vapor espeso se esparce, la atmósfera de tranquilidad y sensualidad se expande por todo el lugar. A medida que terminan, salen, y Kristen se va quedando sola dentro del aire denso. Las rejas de las ventanas dejan entrar la luz de a retazos. El mal nuevamente está ahí, aparece desde atrás, es concreto y deja huellas de manos en el cuello de Kristen. Ya no hay dudas, es algo que obedece a leyes propias para aparecer y desaparecer, pero definitivamente tiene un cuerpo y va tras el de las chicas internadas. Una a una desaparecerán de forma misteriosa y todo estará en lucha: los silencios y los susurros, las sombras pelearán por evitar el paso de la luz, los cuerpos batallarán por su real espesor, y la conciencia y los desmayos disputarán su credibilidad, pero ya no se podrá creer en todo lo que se vea. Los planos desde fuera del hospital mostrarán el edificio desde abajo, tensionando la imagen y reflejando el desgarro que se sufrirá desde dentro.
Atrapada (The Ward, Estados Unidos/2010). Dirección: John Carpenter. Guión: Michael y Shawn Rasmussen. Con Amber Heard, Mamie Gummer, Danielle Panabaker, Laura-Leigh, Lindsy Fonseca, Jared Harris, Sidney Sweeney, D.R. Anderson, Mika Boorem. Fotografía: Yaron Orbach. Edición: Patrick McMahon. Diseño de producción: Paul Peters. Distribuidora: Distribution Company. Duración: 88.