Una modosa cumpleañera saca de la cartera y se pone en el baño un típico vestido negro, de esos que aburren con sólo verlos en la percha. Detrás de su contenida sonrisa de morocha apacible se adivina la maquiavélica mente de la mosquita muerta que jaquea la moral propia y ajena con un solo pestañeo. Una rubia que se sale de un ajustado vestido blanco, le usurpa el festejo a base de powerpoints con fotos. Es frontalmente desagradable y llamativa, lo sabe y hace uso de su presencia exacerbada, etílica y fiestera. Son mejores amigas, y en el medio de ellas siempre hubieron dos hombres intercambiables: serios, conocidos, contenidos. En esa intercambiabilidad -que recorre toda la película-, uno de ellos se enamora de la morocha pero se va a casar con la rubia, el otro hace bromas sobre su amor por la rubia pero le gusta la morocha que, a su vez, siempre estuvo enamorada del prometido de su blonda amiga. Ah, se suma otro hombre a todo esto, pero salvo a la rubia y en fuera de campo, a nadie le gusta demasiado.
Cajas de fósforos de cabarets, cables que se desconectan o llaves que se caen, anuncian algún indiscutible desastre: pequeños detalles pueden desencadenar grandes conflictos. El problema surge cuando se nos dirige la mirada sobre objetos o sucesos que quedan suspendidos en el tiempo (y en la cabeza) y el espectador sigue esperando que cumplan una función que nunca llega: en esta película hay mensajes en el contestador que no son un problema, hay papeles en un horno con el que no se cocina, y sospechas que no modifican conducta alguna. Lo que se supone un corrimiento de los recursos termina vacío y sin sentido. Hay lealtades mal comprendidas, rallentis durante bailes para reforzar los puñales de hielo en la espalda (como si por la lentitud se pudiese visualizar la mala fe) y traiciones carnales que insisten en romantizar lo que debería ser pura pasión y desenfreno. El vértigo que nacía y quedaba en suspenso en Amigos con derechos (ese tomarse de las manos del que no se sabía hasta dónde iba a llegar), acá se da con nervios y sin fuerzas, porque el amor es concebido como si el otro fuese reemplazable. Y en donde La boda de mi mejor amigo pegaba un salto abisal en el que el espectador se encontraba defendiendo a una adorable usurpadora, acá indecisamente se deja mal parada a cualquiera de las dos amigas. Al pendularentre ambas, al no jugarse, no hay riesgos, porque esta es una película cobarde sobre personas a las que todo les da lo mismo, de esas que se merecen sus finales indignos o al menos llevar a la tintorería las camisas que la ex novia le regaló al nuevo novio de su ex amiga.
No me quites a mi novio (Something borrowed, EE.UU, 2011) Dirigida por: Luke Greenfield. Con: Ginnifer Goodwin, Kate Hudson, Colin Egglesfield, John Krasinski, Steve Howey, Ashley Williams. Duración: 112’