En Una esposa de mentira, Adam Sandler se hace pasar por un tipo infelizmente casado porque tiene un miedo extrañamente movilizante a que (como ya le pasó) las mujeres simplemente se conformen con él. No miente por deporte o de langa, sino a modo de supervivencia, para autoprotegerse de esas malas minas que tanto gustan a los hombres y para poder moverse rápidamente a la próxima sin resultar herido. En Como si fuera la primera vez Sandler engaña a cuanta mujer se le cruza en el camino, pero esta vez es simplemente porque ninguna es lo suficientemente ideal o imperfectamente perfecta como para que él decida pasar algo más que una noche con ellas. Las mentiras con las que se escabulle de forma estrepitosa son siempre enormes e implican una razón que no involucra a sus compañeras de turno, como la protección de la patria, descreer de los celulares o de los mensajes de texto (ah, la sabiduría sandleriana…). En ambos casos él zafa y nosotros reímos… ¿pero y esas mujeres ahora solas? Ellas, pese a ser “abandonadas”, están bien. ¿Por qué? Porque sabían con qué reglas jugaban: en el caso del falso matrimonio, lograron darle y compartir un momento-oasis de felicidad y sexo sin compromiso (porque él ya tiene una -muy mala- pareja) con un pobre tipo que la pasa mal; y en el segundo, sienten el embriagante efecto de haber estado con un héroe, alguien que no quería dejarlas y que sus actividades extremadamente viriles obligaron a huir, o simplemente saben que pasar una semana en Hawai con un tipo implicaba mucho sexo y poco más. Resumiendo: ellas la pasan bomba, él la pasa bomba, nosotros también y –nos consta a través de variados testimonios- nadie sufre.
En L’Arnacoeur hay un pobre intento de asociación con este tipo de relaciones, pero a los pocos minutos nos damos cuenta de que las motivaciones son, al menos, dudosas: la satisfacción personal de hacer bien un trabajo –y no la siempre más loable satisfacción así a secas- y la plata. Alex y su equipo forman una empresa que es contratada por padres, amigas o hermanos de mujeres que se encuentran “atrapadas” en relaciones fallidas, para que se encarguen de separarlos. Pero son fallidas para esas personas externas a la pareja, y aparentemente, las mujeres en cuestión son, siempre, víctimas: no son pelotudas que no se dan cuenta lo que pasa a su alrededor, taradas que eligieron mal, cómodas que les da fiaca terminar su relación. No. Ellas son víctimas y sobre todo, estúpidas que necesitan que quienes las rodeen tomen decisiones y hagan el trabajo sucio de pensar por ellas. El equipo se disfraza, dispone escenarios, sabotea unas cuantas cosas, soborna otras tantas y finalmente y después de alguna falsa puesta en escena, llegan al clímax: la novia que todavía no sabe que va a dejar a su pareja se cruza con Alex y en un supuesto pase mágico (o aburridos cálculos e investigaciones) ellas quedan prendadas de él, ahí, al filo de su barba y de la infidelidad. Pero Alex se hace el difícil, el conflictuado y sobre todo el histérico y les dice a todas y cada una de esas mujeres que no pueden estar juntos porque él está “en otro lugar ahora” y ellas, presas de esa falsa y berreta hipnosis, acceden al corte. Quedan en su barba, enroscadas en sus rulos, colgadas de su imagen y vuelven con sus novios a quienes, ahora sí y misión cumplida, abandonan. Sin que a la mini-pyme de Alex le importe, esas mujeres acaban con el corazón doblemente roto: se dan cuenta que estaban en una mala relación o que al menos no las satisfacía (a ellas… o a la gente que andaba por ahí, ¿a quién le importa, si total alguien va a pagar por el servicio?), y encima, conocen a un chico perfecto, ideal, pero que misteriosamente no puede estar con ellas. Doble decepción, doble depresión, doble porción de mousse de chocolate esa noche en la ahora doblemente grande cama.
Y “los rompecorazones” hacen de las suyas hasta que se encuentran con el típico caso urgente, necesario (hay deudas que pagar en la empresa) e imposible: la chica, por supuesto, va a despreciar al galán creado a base de cartón, no va a caer en la trampa o no le va a importar nada. ¿Y cuando termine este caso Alex se va a enamorar porque ella no le da bola y es única y especial y retorcida y en el fondo medio grasa porque le gusta Dirty Dancing y él va a tener que ser honesto quizás por primera vez en su vida y jugarse y confesar todo? Quizás, pero quizás después de tanta peripecia, de tanto lugar común, de tanto paisaje y traje blanco, el director eluda astutamente algunas explicaciones, lo que no va a compensar tanto deporte de elite al hacer mentiras costosamente grandes. Quizás mini-pyme y director crean que cuanta más plata haya invertida, habrá más falsa felicidad vendida como porción de una inexistente torta antidepresión.
Rompecorazones (L'Arnacoeur, Francia/2010), de Pascal Chaumeil, con Romain Duris, Vanessa Paradis, Andrew Lincoln y Julie Ferrer. Distribuidora: Impacto Cine. Duración: 98 minutos.