Hay imágenes que tienen la potencia de mil explicaciones, de millones de palabras. Sin razones comprensibles simplemente nos abstraen a otro lugar, a otro espacio. Ese traslado, sin distraernos, amplifica lo que sentimos. La vista desde algún médano, una extensa playa desierta con el mar como único fondo posible, una pequeña embarcación encallada cerca de la orilla, un chico que camina y deja sus huellas en una arena sin pisar todavía. Cómo esas marcas modifican el paisaje, cómo el simple hecho de pasar por ahí resignifica todo a su alrededor, poder ver el momento exacto de ese pequeño cambio rotundo e irreversible tiene esa fuerza única e inexplicable de experimentar la mutación en el espacio y en el aire, pero también la excepcionalidad cinematográfica de poder presenciarlo. No importa que esa playa haya sido pisada 27 veces al repetir la escena, no importa que haya todo un equipo arriba de ese médano con quién sabe qué tipo de escoba extraña que borra las huellas en la arena, para nosotros esa es la primera vez que en algún tiempo alguien pisó ese suelo y dejó marcas de que estuvo ahí.
Never let me gocambia constantemente. A veces lo percibimos, otras no. Los estados que se atraviesan varían sutil y radicalmente. Hay caóticas constancias, quiebres lentamente sorpresivos. Luego de un preámbulo (o dos) la película se sitúa en un internado inglés, sin contacto con el mundo, que nos encuentra perdidos en el tiempo pese a la aclaración de que es 1978. Salvo pequeños detalles, no se comprende bien qué tipo de institución es, qué se enseña, por qué los chicos están ahí. Hay arte, hay dibujos, hay una feria de intercambio, hay cassettes, hay leyendas urbanas, hay rejas que no se pueden atravesar. De a poco el panorama extrañamente se aclara en una tarde de lluvia y viento que vuela hojas y marchita flores, cuando una profesora plantea la verdad más cruda sin rodeo alguno y cae sobre los alumnos el peso de la inabarcable realidad a la que están sometidos: tienen un futuro sin elegirlo, tienen una vida que -como todos- no pidieron pero en su caso son imprescindibles para el mundo. Es decir, su naturaleza es otra. Esa revelación es una verdad desoladora, de esas verdades que efectivamente dejan solos a quienes las reciben, que los apartan del mundo como lo conocen y los ubica en otro lado, en algún espacio desconocido, de incredulidad, de incertidumbre, de perplejidad.
Conciente del desequilibrio existente en el futurismo entregado al espectador, la cámara no se aleja, pero siempre está lejos, a la distancia pero sin ser distante, mostrando los cuerpos pero también la estela que dejan, su influencia, sus consecuencias. Las construcciones y espacios por los que se transita dejan entrever la anomalía del aire. A la perfección, a la serialización, a la simetría, siempre se le contrapone un elemento disonante. Una ventana cerrada en donde todas están abiertas, un poste quebrado en donde todos están completos, frentes que sólo reciben el sol en alguna recóndita parte de su fachada, alguna desviación en el ángulo que muestra las imperfecciones del paisaje. Y el tiempo también se enrarece. En el cine podemos ver un mismo instante multiplicarse, extenderse, comprimirse, sentir el abrumador y lento paso del tiempo cuando los segundos que se suceden son casi los más importantes de una corta vida. Al ver la nuca de una chica que podría ser ese otro tan deseado, el cine rebota lentamente entre los dos lados del vidrio que los separa: los chicos expectantes desde afuera, esa nuca misteriosa dentro, de nuevo los rostros congelados en la ansiedad más pura, y de repente, cuando ya pasó más tiempo del que creemos, ese rostro anhelado se vuelve y reúne en sí toda la decepción que puede soportar un adolescente. Lo que en la vida podrían ser unos muy pocos segundos, en el cine se agonizan en una más extensa espera. Ese tiempo irreal que se suspende en el aire, el extrañamiento que se da en los personajes, se intensifica al saber que sin una educación mundana se tiene que vivir en el mundo, que sin un futuro a la vista hay que seguir viviendo un destino predibujado, que sin saber qué o por qué son lo que son se expresan por medio del arte en medio de ese marasmo emocional de la incertidumbre absoluta. Sus vidas giraron y giran alrededor de historias que presuponen falsas pero nadie puede asegurar que lo sean, todo es una narración, un cuento, un chisme, algo que se oyó decir a alguien en algún lugar. El traspaso del rumor hacia la verdad se parece a esas rejas que constantemente tienen que cruzar y no saben si deben hacerlo o no: la reja prohibida en el internado, la reja cerrada que lleva a la playa, la reja de la casa donde está su última esperanza y la verdad. Y esa falta de certezas, de explicaciones, se va a transmitir hacia el espectador, quien al igual que los personajes, no sabe si realmente le importan las causas científicas, las consecuencias, las verdades que se esconden detrás de lo que se sucede ante sus ojos.
Kathy, Ruth y Tommy crecen en ese internado, ensayan en sus clases de teatro cómo y qué pedir en una cafetería, intentan y no logran no copiar gestos y dichos ajenos. Buscan ser originales pero les es imposible, ríen con cuidado, mirando a los costados para saber si otros también lo están haciendo, ansían enamorarse y sólo a veces lo alcanzan. Sus vidas (su niñez en ese internado, su adolescencia en una granja y su primera juventud separados) son casi como las de cualquier persona que intenta descifrar para qué sirve, cuál de todos sus sentimientos es real, qué lo define. Para nosotros es fácil, tenemos al cine que a veces nos dice cómo comportarnos en cada situación. Pero ¿qué pasaría si, como estos chicos, no tuviésemos casi referencias emocionales? Quizás la única salida ante una reja que aprisionase las decisiones que deberían ser sólo nuestras, hubiese sido gritar. Pero no tontamente, sino con esos gritos que rasgan la garganta, que duelen al salir, que focalizan tanto la energía y la fuerza en traspasar la boca que el resto del cuerpo flaquea y las rodillas ya no pueden soportar el peso. Tommy hace eso al saberse excluido de toda excepcionalidad. Su grito desahoga toda la película, estabiliza ese orden inestable, dudoso, falsamente rígido y entendido; es la necesidad de expresar esa incomprensión, la impotencia de ver el mundo desde afuera, desde un lugar pautado y con fecha de caducidad. Es un grito con desesperación. Al fin y al cabo, ser original implica una dependencia de lo que nos rodea, estar demasiado atentos a lo que pasa alrededor. Copia y originalidad no usan mecanismos tan diferentes y probablemente ese sea el problema de tener en tan alta estima lo original.
Nunca me abandones (Never Let Me Go, Reino Unido-Estados Unidos/2010). Dirección: Mark Romanek. Con Andrew Garfield Carey Mulligan, Keira Knightley, Charlotte Rampling y Sally Hawkins. Guión: Alex Garland, basado en la novela de Kazuo Ishiguro. Fotografía: Adam Kimmel. Música: Rachel Portman. Edición: Barney Pilling. Producción: Mark Digby. Distribuidora: Fox. Duración: 103 minutos.