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por Victoria Ceccotti

Un helicóptero. Una comunicación que dice ser confidencial. Una misión de la que no se saben los detalles. En tierra, dos personas que chequean el montañoso y seco lugar hablan de sus condiciones salariales y de cómo deberían negociarlas por estar en el tercer mundo. Una subjetiva de alguien que se esconde entre piedras, el contraplano casi no lo muestra, está en las sombras, agazapado. No sabemos qué queremos que pase con estos “cazadores de terroristas” y la persona que huye, lo único que importa es lo que escuchamos, lo que vemos: la sequía, el polvo, las hélices del helicóptero que da vueltas, la cámara que gira a ese mismo ritmo acompasado y aturdidor, la sordera y el pitido post-explosión, la visión parcializada a través de una hendija en la bolsa que encierra la cabeza del ahora atrapado hombre, otra vez los sonidos sordos. La incomunicación con sus captores -pero también con su salvadora- se establece como parte del silencio congelado que se atraviesa a lo largo de casi todo el relato. El azar hace que este desconocido pueda escapar en una nevada y oscura noche en un bosque y que de ahí la película se centre en esa huída mezclada con el vagabundeo, en la supervivencia pese al frío que cala los huesos, en los perseguidores que siguen su rastro, en la comida que no existe, en el ansiado y extraño contacto con otros seres humanos.
Las tomas cenitales y sus extensos recorridos muestran el angustiosamente hermoso pero constantemente igual panorama del bosque nevado sin nada que lo perturbe salvo algún que otro animal que solitariamente da vueltas por ahí. La cámara muchas veces toma el lugar del prófugo, investiga el bosque al mismo tiempo, se lo descubre o adivina junto con el personaje, pero no deja de ser un recurso para que nos identifiquemos con alguien que casi no nos importa, del que nada conocemos, del que nada esperamos. Nos tambaleamos con él, caemos, tropezamos, pisamos en falso, nos mareamos un poco. Y a estos evidentes recursos se le suma una música con percusión que va subiendo de niveles, de estruendo, de ritmo, hasta ponernos nerviosísimos y tontamente se cree que cuando explote la música, será también el clímax de la secuencia, pero no, no pasa nada, simplemente se juega con las expectativas y poco más.
Así como ese paisaje falsamente hipnótico y verdaderamente inhóspito, la película rechaza al espectador mostrando muchas cosas innecesarias: que el protagonista dispare a sangre fría justo cuando un joven escucha la noticia de su futura paternidad, que se vea cómo se atropella a un animal, que se asesine a otro, que coma hormiguitas, madera o madera con musgo, pescado crudo y leche materna con el sonido bien alto, que se use un caballo blanco para que el color de la sangre que se le derrama encima sea más contrastante, que tenga visiones de un pasado que no logramos comprender del todo, y que en la mitad de la película haya un compilado de imágenes que no sólo reúnan lo que ya pasó, sino que adelante lo que va a venir, y que encima, se repita cerca del final, con una imagen que va a suceder 10 minutos después. Recurso misterioso si lo hay… aunque no tanto como que las consecuencias o posibilidad de que termine favorablemente el único atisbo de buen acto que tiene, queden fuera de campo. Pareciera como si el azar estuviese constantemente controlado para que siempre pasase algo bastante espantoso… o que no pase nada pero parezca que sí. Victoria Ceccotti
16 de Abril, 21:00 hs, Hoyts Abasto.
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