Vértigo(s)

por Victoria Ceccotti

 

Que detrás del escenario pasan casi tantas cosas o más que delante del telón quedó claro en numerosas obras y películas de bastidores. Pero hay pocas que hayan tenido el encanto inmediato del grupo de chicas que hacen el show de burlesque en Tourneé. Una chica-mujer (¿la edad? Indiscernible por suerte, así el misterio se acrecienta) reúne en su persona una atención desmedida al salir a escena. El público que se adivina en la sala y el espectador de cine están embobados. Tiene una peluca con rizos castaños que recuerdan a los de Scarlett O’Hara, una cantidad de brillos en su ropa que emulan el inolvidable vestido de Marilyn en Gentlemen prefer blondes, plumas dignas de cualquier glamorosa estrella y sus ojos están enmarcados por esas sombras colorinches al mejor estilo Divine. Las luces se reflejan en los miles de plastiquitos y vidrios y brillantes que tiene en todo su cuerpo, la luz se multiplica pero sabemos que es ella la que la irradia, ella es el interruptor. De repente comienza a tocar en el piano el comienzo de “Dream On” de Aeorosmith. Actúa para el público como si estuviese harta de esa canción, pero se intuye que no es tan buena mentirosa, se le nota la emoción de esos acordes sencillos pero perfectos, demoledores como el tiempo. Atrás del telón un grupo de voluptuosas rubias platinadas -algunas con muchos tatuajes- se amontona junto al manager de la gira. Con cada nota tocada en el piano, mueven todos la cabeza. Una canción sobre el tiempo gritada en silencio por un grupo de mujeres con una edad posiblemente asimétrica entre su documento y su alegría y actitud. Adelante y detrás del límite del showbussiness pasa lo mismo: la diversión personal es transformada en goce multitudinario.

 

El manager que no pide silencio es Joachim (Mathieu Amalric). Tiene estilo, un estilo arrollador, es un Drácula moderno que sólo chupa champagne y quizás dinero, y tiene el poder de toda la sensualidad del mundo concentrada en sí mismo, en sus trajes negros que estilizan aún más su pequeña y desgarbada figura y esas camisas blancas, abiertas hasta la mitad del pecho con solapas largas que parecieran abrazarlo desde atrás del cuello. Tiene algo de caricatura, de brazos y piernas largas pese a su corta estatura, su bigote es extraño pero le da el marco de seriedad a esos ojos que parecen inyectados en la sangre que se acumula cuando se tiene una pasión desmedida o un rencor a flor de piel. Tiene tics extraños como -a pesar de girar con estas chicas yanquis en Francia- necesitar del silencio y pedir que bajen o apaguen la música en cada lugar que entra, pero cuando lo logra no sabe bien qué hacer o qué escuchar de ese no-sonido; agarra compulsivamente caramelos como si necesitase la seguridad de lo dulce, el sabor rápido e instantáneo que abriga el paladar; es incapaz de contar un cuento para sus hijos, pero sí de montar una historia o varias para los espectadores; e intenta compensar un pasado público con el absoluto secreto de su presente. Las noches que recorre tienen sus luces parecidas a las del show pero los días son grises, un poco apagados, como si la ciudad se diera cuenta de que Joachim regresa a desgano, por revancha, por vacío. O quizás también la ciudad sea indiferente a su vuelta.

 

Alternados con los viajes y los preparativos, se ven algunos de los shows que forman el espectáculo. Sin embargo son mostrados de costado, con las luces y las sombras jugando sobre los cuerpos, o desde lejos, desde la última fila, no desde el espectador privilegiado, sino desde ese otro, el rezagado, el que casi no compra la entrada, el que pispea de lado. Hay otras miradas, aquellas que jamás tendríamos como público. Y vemos también aquello que casi no adivinamos: los ritmos previos a una función son cosas mágicas. El grupo llega en la mitad del día a un teatro que todavía tiene fundas en las butacas, se pasea entre cuerpos semidesnudos que van vistiéndose falsa y coloridamente, la desnudez es tan natural que creemos que la piel es ropa, estas mujeres son tan sensuales todo el tiempo que cuando están desnudas no lo notamos, no se ve la diferencia. Con los preparativos se tiene la sensación de un poco de vacío mezclado con la fiesta y la adrenalina de poder salir a entregar un trance colectivo. Quizás la fuerza venga del contrapunto con la ciudad que todavía está encerrada en las oficinas, en los subtes, sin adivinar cómo se gestan las explosiones de placer... En uno de los números del show, una de las chicas ostenta una cintura excepcional, traumática, custodiada por unas turgentes caderas, y unos des-medidos pechos cubiertos por un corpiño con la bandera de EE.UU., siendo -sin discusión- uno de los cuerpos más extraños y apetecibles que jamás se hayan visto. Mientras suena una canción, come dólares y se saca una guirnalda de alguna bien custodiada parte de su cuerpo. Como un trompo empieza a dar vueltas y la guirnalda a enroscársele espiraladamente pero sin tocarla, como esos juguetes ópticos que hipnotizan al girar y modificar siempre el punto de origen, dando la sensación de contacto sin que la realidad sea tan física. Como una nena, otra de las chicas juega con un globo gigante, de a poco, tranquilamente, va metiéndose adentro de él, la cabeza primero, los brazos, el torso después, y finalmente, ella entera. El trance pasa por la delicadeza del gigante juguete inflado en movimiento, por el terror de que se pinche esa delicada superficie y, a la vez, por el deseo de que todo explote por los aires revelando así el cuerpo de la sinuosa mujer. Joachim chequea desde el costado del escenario casi todos los números, pero en el que se queda absorto como un espectador más es cuando ve a Mimi dando vueltas, girando, con plumas rosas que tendrían en algún mundo idiota que taparla, pero ella va y viene y no se tapa y es feliz y tiene esa boca enorme y esos labios rojo sangre y se ríe con sus dientes blancos y él… él la mira. Quizás como todo hombre en ese salón desea que Mimí se equivoque y tarde más tiempo en intentar tapar todos los coloridos tatuajes que la visten, que demore unos segundos más en cubrir su colorada boca… pero ella, incólume a las penetrantes miradas, sigue jugueteando con sus plumas color flamenco de dibujitos animados.

 

Los artistas verdaderos ven en la vida un arte. En cómo viven está su mayor secreto para que sus obras sean como son. La diferencia entre una y otras no es tan grande y por eso respiran constantemente la alegría de un show y salen a entregarse al público como si fuese lo más natural del mundo. Para ellos los escenarios son intercambiables, la ciudad y el teatro son lo mismo. En un restaurant la ventana da a un paisaje pintado que termina siendo el costado de un camión; Joachim tiene una discusión con su hermano al lado de candilejas como si fuese un número más; antes de un show Mimí está de un lado de un espejo y Joachim del otro: una se pinta los labios, el otro se afeita, los dos se preparan, se lucen. En la puerta de un baño, a oscuras, él le saca las pestañas postizas y dice que las deje para la noche; ella se saca el rouge con los dedos y le pinta un ojo. Es la batalla más grande librada entre dos personas. Al deseo de desnudar al artista, de verlo como es, se contrapone el intento de quitarle la seriedad y el peso de la compostura a la falsa sobriedad. Sólo vemos la mirada de ella, sosteniéndola firmemente. Hay algo de tristeza, de incomprensión. Y de repente, el mar como un juego limpio, como un lugar nuevo. Todo lo que los rodea tiene ese color gris plomo – verde azulado en sombras que había en Vértigo. Cuando Joachim camina hacia un barco, Mimí está parecidísima a la ya mítica Madelaine, con un sobretodo oscuro, hablando por teléfono y dando vueltas en círculo, ya sin pintura, ya sin disfraz, es la auténtica e hipnótica mujer anhelada. Su transformación es inversa a la de Judy pero los hombres no pueden evitar caer igual en ellas. Scottie lleva a Madelaine a la misión española, Joachim a un hotel vacío, con una pileta vacía, con ventanas rotas, con vidrios con cartones y cinta de papel, rodeado todo de verde, de selva, de mar. Madelaine cae, pero Mimí ríe y corretea con el resto del grupo. Cuando Joachim aparece, camina con sus impecables camisa blanca y pantalón negro, pero descalzo. Tiene algo de extrema vulnerabilidad. Se sigue jugando, pero se sinceran sobre la soledad que los rodea en este hotel vacío que con cada carcajada llena gota a gota esa pileta seca. Joachim va hacia el bar, aleja sus tics, y declara la guerra a su presente apocado en forma de venganza hecha un micrófono, un casette y un grito.

 


Tournée. Dirigida por: Mathieu Amalric.

 

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